6/5/12

Esteban Gandulfo: Laguna Brava

Ganado y Cordillera

Cuando los argentinos supieron que la finca del presidente Bulnes encerraba gran cantidad de cabezas con las marcas de las estancias de Balcarce, Ezcurra, Lezica y Anchorena entre otros, pusieron el grito en el cielo. Ellos no le habían vendido ni un novillo y sus propiedades habían sido maloqueadas en muchas oportunidades.

Consiguieron que el embajador en Santiago formulara una queja, y el canciller chileno, en medio de sonrisas y abrazos, remitió la carta al Coronel Bulnes, hijo del presidente y Jefe del Ejército de Frontera en el sur de Chile.

Bulnes (h) era el encargado de mantener una relación pacífica con los nativos y tenía fluidos encuentros con Rowan, Udamán, Chequel y otros caciques, los que a su vez estaban relacionados con los los ranqueles Baigorrita, Epumer y Cayupán. El resultado fue que Bulnes (h) se deshizo de la queja y la Argentina nunca recibió explicaciones.

Estos hechos sirvieron entre otras cosas para reforzar la creencia de que los presidentes suelen cometer apropiaciones indebidas. Por otra parte, la práctica de comercializar en Chile ganado robado en Argentina fue corriente en el siglo XIX y hubo estimaciones de doce mil cabezas anuales, aunque también se registró un solo malón que se alzó con doscientas mil cabezas. Olascoaga lo explica en detalle en su Estudio Topográfico de La Pampa y el Rio Negro de 1880.

Hubo otro presidente que tuvo que ver con el tránsito de ganado argentino a Chile. Fue Domingo Faustino Sarmiento. Resulta que el padre del presidente, ganadero de San Juan, enviaba arreos a Copiapó por el paso de Pircas Negras, un poco al norte de San Juan, en la provincia de La Rioja.

En este caso se trataba de comercio legítimo. Ganaderos Sanjuaninos y de Córdoba, Norte de Santa Fe y La Rioja se reunían en la zona de Vinchina a comienzos del verano. Allí el ganado vacuno era herrado, para que las pezuñas no se destrozaran durante el primer tramo del viaje cordillerano por la quebrada de La Troya.

El ganado tenía que transitar el curso pedregoso del rio, ganando altura hasta llegar a una planicie, donde está el pueblo de Jagüe. Allí descansaba y se preparaba para el cruce. Dicen que el viaje insumía dos meses de ida y otros dos de regreso. A partir de Jagüe había un primer trecho no muy exigente, de leve ascenso por un valle sedimentario, y pasando por la quebrada de Santo Domingo, la trepada era más fuerte y el aire se hacía cada vez más fino, obligando a un andar pausado y respiración profunda. Por más que los arreos se hicieran en verano, las noches eran muy frías y se podía sufrir el ataque del viento blanco.

Fue por esta razón que se construyeron una cantidad de refugios de piedra, para que los arrieros pudieran protegerse durante las noches y nevadas, junto a corrales de piedra en los que se encerraba el ganado. Muchos asignan esta obra a Sarmiento, y algunos indican que los refugios fueron iniciados por el presidente anterior: Bartolomé Mitre.

img00027

              Quebrada de La Troya, antes de construido el camino se transitaba por el lecho del río.

img26785Refugio de Laguna Brava, uno de los más elevados, con Elvira de fotógrafa.

El ganado se vendía y en Copiapó y de regreso los caballos pilcheros venían cargados de mercadería para vender en Argentina.

Hacia fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte, este tráfico disminuyó y algunos viejos pobladores de Vinchina lo atribuyen a pasos más convenientes por la provincia de Mendoza, que a partir de 1910 ya contaba con el ferrocarril transandino.

La zona de Laguna Brava volvió a llamar la atención en 1964 cuando un avión cargado con yeguas de raza procedente de Lima y con destino a Córdoba, tuvo que efectuar un aterrizaje forzoso por la falla en uno de sus motores. El avión no pudo recuperarse, los cuatro tripulantes fueron rescatados después de varios días y de las ocho yeguas, solo una sobrevivió escapando con dificultades.

Este accidente fue detalladamente reconstruido por mi amigo Federico Kirbus quien lo puso en la web y al que se puede acceder fácilmente. Desde aquellas charlas con Federico yo tenía muchos deseos de conocer Laguna Brava, había entusiasmado a Elvira, y también pudimos interesar a un matrimonio amigo, viviendo a la sazón en Córdoba: Celia y Carlos Naval.

Acordamos encontrarnos en Vinchina, desde donde sería nuestro punto de partida. Yo ya había tomado contacto con Walter Villalobos, uno de los guías habilitados, porque después de que Laguna Brava fuera declarada Reserva Provincial, no se autoriza el acceso si no es en compañía de uno de ellos.

Nuestra salida fue una mañana gris plomiza, amenazadora de lluvias. La primera parte del camino, por la quebrada de La Troya llamaba la atención por la curiosidad de las texturas rocosas; y daba miedo, por las historias de inundaciones y avalanchas que nos contaba Walter.

Él había trabajado con la empresa constructora de la ruta, y ahora nos mostraba sus restos: El pavimento había desaparecido arrastrado por la avalancha de agua, lodo y piedras que llegaba intempestivamente después de las lluvias en la alta montaña.

Durante el ascenso comenzó a llover y al llegar a la planicie cercana a Jagüe la precipitación era torrencial. Inmediatamente el llano se cubrió de agua y el acceso a Jagüe se tornó imposible porque sus accesos estaban totalmente inundados. “Aquí nos van a tener que venir a rescatar como a los del avión” pensé, pero no se lo dije a mis compañeros para no atemorizarlos. En sentido contrario Walter nos daba esperanzas: Puede ser que arriba haya buen tiempo, sigamos…

La planicie de Jagüe asciende lentamente hasta desembocar en la quebrada de Santo Domingo. Allí, sorpresiva y maravillosamente apareció el sol y el cielo azul límpido.

img24480

Walter, Elvira, Carlos y Celia, chochos con la aparición del sol y sus colores.

Circular por la quebrada de Santo Domingo es una maravilla, los colores están sabiamente combinados, dominan los rojos, acompañados por ocres, grises y marrones.

img15840

Por los tres mil metros, en ascenso